Iba caminando como siempre, con una preocupante despreocupación. No sabía a ciencia cierta qué es lo que pintaba en aquel sitio, pero se dirigió a aquella puerta del fondo, con sonrisa de suficiencia, tranquilo, aparentemente relajado, impasible el ademán. Ni siquiera se molestó en llamar: pasó, echó una rápida ojeada al interior de la estancia y, al encontrarse al fondo a un hombre de mediana edad, calvo y con una poblada barba, se dirigió hacia él. Aquel hombre ni prestó atención a la persona que acababa de entrar tan maleducadamente a sus dominios, estaba muy ocupado, tecleando pausada pero constantemente y mirando fijamente a la pantalla de un moderno ordenador cuya marca era imposible identificar. El recién llegado comenzó a golpear aflamencadamente la mesa donde se encontraba el segundo de los ocupantes de la estancia. Aquella especie de tirititrán captó la atención del atareado hombre, que lo miró con cierta curiosidad mezclada con aire de insufrible rutina.
- Buenas tardes, le han indicado que pasara por aquí, ¿no es cierto?
- Y a mí que cojones me cuenta. Yo he visto el pasillo, una luz por debajo de la puerta, y he pasado sin más ¡no te jode!
- Vigile su lenguaje, por favor. Entonces, ¿sabe a lo que ha venido?
- Pues ni puta idea. Ya le digo que yo he visto la puerta al fondo y he entrado, a ver quién estaba y por saber dónde hostias estaba.
- ¡Por amor de Dios! No puede dejar de jurar y blasfemar aunque sea por un instante, es evidente. En fin, mire, tengo bastante trabajo, así que vayamos al grano. ¿Me dice su nombre, por favor?
- ¿Y a usted qué le importa?
- ¿Quiere respuestas? Pues proporcióneme sus datos básicos
- Tengo un cimbrel más largo y gordo que el suyo, eso sin duda. ¿Le vale como dato básico?
El hombre barbudo empezaba a incomodarse. Ya ni siquiera le quedaban ganas de bostezar de aburrimiento, aunque sin duda hubiese preferido esto último. Se reacomodó en su silla y le miró fijamente.
- ¿Me puede decir su nombre, por favor?
- Manuel Peña. Pero algunos me llaman el Punisher.
La fijeza de la mirada del hombre de poblada barba se tornó en asustadiza. Parecía conocerle de toda la vida. O al menos, conocer de su existencia o andanzas.
- Así que es usted. Menuda cara tiene al presentarse aquí.
- Cago en ros, yo vengo aquí por venir, ¿eh? Que ganas yo, pocas. ¿Me puedo volver ya pa mi casa o qué?
- No está facultado para ello. Y lo sabe. Veamos… -el hombre introdujo sus datos en el ordenador- Trabajador, padre de familia, tacha la casilla de la Iglesia Católica en la declaración de la renta… No está mal. Con esto usted se habría ganado un buen puesto en nuestra empresa, pero…
La fingida sonrisa de aprobación que había esbozado mientras hablaba se esfumó violentamente, transformándose en un furioso mirar. Manu Peña, no obstante, ni siquiera lo miraba. Estaba más pendiente de una mesa con sillas que había al fondo de la estancia. Ello le recordaba al sin duda su juego favorito. Su interlocutor se levantó de frente y le disparó casi literalmente un dedo acusador.
- ¡Usted! ¡Usted! ¡Manu Peña! -el hombre de la barba se estaba encendiendo como un fósforo de los baratos- ¿Cómo se atreve a presentarse aquí? ¡Esto es una vergüenza! ¿Qué clase de guardias de seguridad tenemos contratados? ¡Capitán Miguel! ¡Llévese a este sujeto inmediatamente! ¡A este fariseo! ¡A este trilero del juego más exquisito de todos los Reinos Terrenales! ¡Usted, que incluso llegó a tocar el cielo con las muñecas! ¡Que tuvo cientos de miles admiradores allende los mares y las nubes! ¡Alegar falsas agresiones! ¡Tirar cubiletes! ¡Demorar la ingestión de vasos que le correspondía beber! ¡Intentar mover los dados! ¡Tratar de viciar la voluntad del árbitro-apuntador! ¿Cómo pudo vilipendiar así la SA-CRO-SAN-TA institución del Faraón sin inmutarse? ¿Cómo? ¿CÓMO?
No se borró la sonrisa del Punisher mientras la contraparte de este improvisado juicio sumario quedaba al borde de las lágrimas. Más bien al contrario. El capitán y nuestro protagonista parecían conocerse. Realmente se conocían, pues se fundieron en un abrazo. No obstante, el deber era el deber, y el Capitán Miguel, que en realidad trabajaba dos pisos más abajo, había sido llamado únicamente para llevárselo precisamente allá.
- No se preocupe -dijo el hombre barbudo, sosegándose poco a poco -. Allí encontrará a muchos de sus viles compañeros de correrías, entre ellos a éste que le acompaña. ¡Páselo bien, si puede! Y llévese este disco, puede que le dé la respuesta definitiva que busca.
Ya descendiendo en el ascensor, mientras Punisher y el Capitán Miguel recordaban viejos tiempos, comenzaron a oírse diversos tipos de música estridente, así como horripilantes arcadas y chillidos insoportables. La campanita del ascensor sonó y sus puertas se abrieron. Habían llegado…
… Y allí estaban todos ellos. Todos. Hasta Zieza, el denunciante que había causado su aparente ruina. Hasta el Boss, que portaba orgulloso su camiseta de “Fumigasión”. Y el atractivo rubio (según él mismo, claro) otrora afincado en Madrid, por todos conocido como “El Muelle”. Al mítico e inolvidable Terra no lo vio, pero era evidente que debía de estar pidiendo algunas botellas del famoso líquido que tantas tardes de gloria y felicidad les había proporcionado. Por supuesto, David Barrio estaba gastando sus euros en la máquina situada en una esquina del fondo de aquél inmenso y poco iluminado salón en que todos se enontraban.
Zieza se dirigió al Punisher, le tendió la mano, mientras este último le correspondía, y dijo:
- Mira lo que traen los fraudes, querido amigo. Mira lo que traen. Aquí estamos todos. ¡Por cierto! ¿Has echado un vistazo al disco que te dieron dos plantas más arriba? Porque deberías. Mira la canción número quince.
Punisher, sin demasiado afán, miró la trasera del disco compacto. El disco se titulaba “Siniestro Total II: El Regreso”. Y aquella decimoquinta pista del CD lo decía todo…
LOS MALOS AL INFIERNO.















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